El primer paso antes de volar

Para cerrar este vlog, me gustaría hablar de mi primer día de colegio. Esta entrada quiero que sea más personal.


Recuerdo el año en el que empecé primaria. Llegaba a un colegio nuevo. En ese colegio, la mayoría de los niños ya habían compartido la etapa de infantil juntos, por lo que ya se conocían. Yo no llegaba sola, iba con dos amigas de mi anterior colegio. Sin embargo, no me tocó con ellas en la misma clase.


Yo siempre había sido una niña con mucha vergüenza. No era la típica que hablaba con cualquier persona en el parque; prefería estar sola antes que acercarme a alguien (bueno, corrijo, no prefería estar sola, simplemente no era capaz de acercarme al resto de niños). Y de hecho, a día de hoy, ser una persona habladora no es algo que me caracterice.


Pero bueno, sigamos por donde iba.


El primer día de colegio mi madre me dejó en la entrada y yo tenía que entrar sola a clase. No sabía ni adónde tenía que ir ni con quién. Creo que en ese momento un laberinto se me habría hecho más fácil.


Recuerdo que entré llorando. Veía cómo dejaba a mi madre en la entrada del colegio y yo tenía que seguir caminando sola. En ese momento para mí era una situación difícil, estaba sola, o más bien, me sentía sola.


Pero fue antes de entrar a clase, subiendo una rampa, cuando una niña se me acercó. Resultó que iba a estar en mi clase y me pareció súper agradable, así que me aferré a ella.


Llegamos a clase, pero a pesar de no estar ya sola, todos se conocían entre ellos, y acabas sintiéndote un poco desplazada, como fuera de lugar.


A medida que fue pasando el día, creo que todo mejoró. Y digo “creo” porque, si hubiese sido tan malo, quizá lo recordaría más. Conocí al que iba a ser mi tutor, al que a día de hoy recuerdo con muchísimo cariño. Además, en clase había un niño con discapacidad, al que sigo viendo, de hecho, creo que ahí fue cuando me di cuenta de que mi vocación iba a estar relacionada con ayudar a los demás.


Recuerdo ese primer año como uno de los mejores de mi infancia. Conocí gente nueva. Conocí a una de mis mejores amigas, la chica que os he dicho que se acercó a mí en la rampa mientras yo lloraba. Conocí mi vocación. Conocí a profesores a los que iba a admirar y que me hicieron el camino más fácil. Y descubrí que los cambios realmente no eran tan malos.


Dejando un poco de lado esta historia, quiero mencionar que, mi finalidad al contar esto es que el primer día de colegio es algo que nunca se olvida; o lo recuerdas para bien o lo recuerdas para mal (o quizá no tan radical, puede ser sin más, aunque para un niño no lo creo). Es por ello que ese primer contacto de un niño con el colegio es tan importante.


Podemos intentar dar una bienvenida acogedora, hacer que el niño se sienta seguro, que tenga un recuerdo bonito de algo que, en realidad, debería serlo para todo el mundo. Nosotros, como profesores, podemos generar un espacio donde sientan que se les escucha y donde pueden abrirse sin miedo, porque los niños no solo recuerdan lo que se les enseña, también recuerdan cómo se sintieron en sus primeros pasos dentro del aula.


Y quizá por eso es tan importante cuidar ese comienzo.















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